Es curioso las vueltas que da la vida, porque empiezo a contaros las impresiones de mi último viaje a Lisboa justo cuando estoy montada en el tren de camino a Barcelona, mi siguiente destino de fin de semana. He ido dejando pasar el tiempo y hace prácticamente un mes que fui allí con mis amigas de Madrid. Casi ninguna había estado antes en Portugal, y fue aquello lo que me hizo decidirme a organizar una pequeña escapada, para que pudieran ver esta bonita ciudad.
Si echo la vista atrás, Portugal está tan cerca de Cáceres, que cuando aún vivía en casa, no pasaba casi un mes sin que fuésemos a comer a la frontera, o de compras a algún pueblo de alrededor (de hecho, el Corte Inglés de Badajoz se hizo teniendo en cuenta más las hordas de portugueses que pasan a España cada fin de semana… bueno, y de los cacereños también J), y de pequeña recuerdo los veranos fresquitos en el pueblo de mis abuelos, y cuando íbamos a las piscinas naturales en la “Portagem”. En fin, la cercanía, los amigos después, y el atractivo del país han hecho que lo visitemos continuamente.
Después de alguna conversación y de ver qué fechas nos coincidían, llegamos a la conclusión de que sólo contábamos con dos días, y de que lo mejor era ir en avión, que se llega apenas en una hora, y hay bastante oferta de vuelos de muchas compañías (Air Europa, Easyjet, Vueling, Iberia, TAP…). Fuimos en uno de esos fines de semana que más parecían de verano, y termómetro marcaba 30º sin ninguna vergüenza.
Me llamó mucho la atención ver, que los lisboetas, muy diligentes ellos, habían puesto ya los puestos de castañas, aún a pesar de que todo el mundo iba casi en manga corta. Esas castañas tan ricas y la vez tan diferentes de las españolas, pues llevan la piel recubierta de sal, y sorprenden al probarlas. El marco de esta sorpresa fue delante de la estación de Oriente, impresionante edificio desde donde tomamos un tren a Sintra,

ciudad noble por excelencia, y también donde está una pastelería de la que guardo grandes recuerdos, “A Piriquita”, porque hacen desde pequeños merengues (que a mi hermana le encantaban) a travesseiros, las típicas queijadas, doces de feijoao, y pastelitos de nata… hmmm, menuda merienda más rica acompañadas de una bica de café, o de una carioca de limón.

La visita continuó con un chupito de Ginja, simplemente Ginjinha, o licor de cereza, también típico de la zona, que tomamos en un pequeño vasito de chocolate, como si un bombón borracho de tratase… no trajimos ninguna botella, peor esto me lo apunto para la próxima vez.

Visita obligada fue también al Barrio de Belèm, con su visita al monasterio de los Jerónimos, y a la Torre, y un paseo incluido por el estuario del Tajo en una mañana muy soleada y calurosa, el mar de la Paja relucía mientras los pescadores pasaban la mañana e intentaban llevarse algo a casa para la cena (según nos contaron, ese día no estaban teniendo mucha suerte).

El barrio tiene unos parques preciosos y muchas terracitas, muy agradables todas, donde las raciones son abundantes y el personal atento (¡y los precios estupendos! Teniendo en cuenta los estándares madrileños). De postre, nada mejor que acercarse a la pastelería de Belèm, famosa por sus pasteis de nata, hechos tradicionalmente allí, que sirven calentitos acompañados de nuevo de un rico café. La cola para llevarse un paquetito a casa era impresionante, de no menos de 20 minutos de espera, de modo que nosotras nos los tomamos tan ricamente en los salones de dentro. ¿El premio? Ver como preparaban todo en grandes bandejas…

Siguiendo con la ruta gastronómica (que es de lo que trata este blog, ¿no?) teníamos que comer o cenar algún día en la “Cervejaria da Trindade”, antiguo convento que hoy regenta la marca de cervezas Sagres que se sitúa en el Bairro Alto. No tiene precio estar allí comiendo, rodeado de azulejos y techos altos, le da cierta solemnidad a la cerveza fresquita que te bebes… ah!
La comida, muy buena, también, pescadito y carnes al espeto a la brasa, caldo verde con pan de broa y bacalao a bràs… no hice fotos de la decoración porque he ido allí a menudo, pero en la web se puede apreciar.

Ahora que cito el caldo verde, me viene a la memoria hablar de una cosa que yo encuentro muy curiosa… en Portugal tienen McDonalds y BurguerKing, Hard Rock y Pans&Company, pero lo que les diferencia del resto de países, es que tienen su propia cadena de comida rápida especializada en sopas. Es cierto, la sopa es el obligado primer plato de cualquier comida, ya sea de verduras, o tenga más carne, pescado o pasta, tipo crema, o más caldosa, pero siempre se empieza a comer con una sopa.
A Loja das Sopas tiene siempre variedades de sopa para cualquier gusto… y os aseguro que en un día fresquito (no me refiero a este fin de semana, que nos achicharramos como si estuviéramos en agosto) entran que da gusto. No está mal conservar este tipo de tradiciones, y de paso, plantar lucha al colesterol hamburguesero…
La Baixa tiene también rincones que descubrir, como las vistas desde el Elevador del Carmen, con su paradita en la terraza de arriba del todo, las callejuelas que rodean a la comercial Via Augusta, la Igreja do Carmo, que permanece intacta desde que el terremoto de 1755 la dejó sin techo, o por qué no, se puede ver el mar desde la plaza del Comercio y de paso, tomar el tranvía 28, el más típico de todos, el antiguo, que sube hasta el Barrio de Alfama pasando por la catedral, o Santa Sè.

Las pequeñas tiendas o colmados me llaman mucho la atención, tan antiguas, tan bien conservadas, con todos sus productos expuestos en el escaparate, que no me resisto a hacerles una foto. Este tipo de tiendas ha ido desapareciendo poco a poco, recuerdo en Salamanca el cierre de la que había en la calle Concejo junto a la Plaza Mayor, y otra en Cáceres pequeñita que exponía siempre Tortas del Casar… y que te hacía babear al pasar por la calle San Pedro de camino a Pintores.

Por último, recomendar un lugar muy pintoresco de copas y charla animada, “O Pavilhao Chines”, que no viene ni en guías ni apenas aparece en Internet. Está en Chiado, en medio de una calle oscura, de tiendas cerradas (es curioso, pero nunca he paseado por allí de día… sólo de camino al bar, ¡ay borrachina de mí!). Está en la Rua Dom Pedro V 89, y hay que llamar al timbre para que te abran, un señor muy bien vestido, presto camarero que te busca él el sitio para sentarte en función del número de personas que vayan.
En nuestro caso, éramos ciento y la madre, pues causamos un efecto dominó en la gente del Hostel que decidió unirse a nosotros tras la cena “medio en familia” que allí organizan (para viajes de amiguetes, bajo presupuesto y aventuras aseguradas, recomiendo “Lisbon Lounge Hostel”, nuevo y limpio, y muy muy aclamado entre los mochileros… incluso a mí me sorprende… si el plan de la siguiente excursión es del mismo tipo, aseguro que repetiré aquí). El sitio en cuestión es como un museo de la miniatura, del juguete, de los soldaditos de plomo y barcos de guerra, vetusto y con aire decadente, con su mesa de billar al final de una sucesión casi interminable de salones con diversas decoraciones (y distintas colecciones, claro). La carta es taaaaan larga que la elección del cóctel se hace difícil, pero los atentos camareros siempre aconsejan según el estado de ánimo. Sin duda, un lugar para visitar.

Obviamente hay muchas cosas que no he contado del fin de semana, ni he incluido todo lo que hicimos, ni lo que nos quedó por hacer, pero espero haberos dado unas pinceladas de esta bonita ciudad, suficientes como para meteros el gusanillo en el cuerpo para animaros a visitarla, en un fin de semana se ven bastantes cosas, aunque lo ideal seria una semana para poder ir a las playas de Caparica, o a las de Chascáis y Estéril, ver algunos parques de alrededor, e incluso acercarse hasta Óbidos y Nazaret. Como véis si me pongo a enumerar lugares, las manos no me bastan y habría casi que irse a vivir allí para poder verlo todo… pero es que Portugal me tiene enamorada.